No había vez. Hubo, fue, sucedió un día y ahora en el espejo soy un ente con grietas. Era el frío mes de noviembre cuando su mano me tendió una bolsa llena de mandarinas, yo le adiviné el pensamiento al menos cinco veces, supe que entre tantos gajos perfumados sus ideas se posaban en planos cada vez más desquiciados; pobre corazón mío, se estaba enamorando. Yo tan pequeña y tan ingenua creí que el rosa podría pintar mi vida ¡Qué va! El mareo constante que viví me la pintó de mil colores, no puedo quejarme de monotonía, pero sí de dolores de cabeza, de insomnio, de arritmia cardiaca, de lujuria, y por el terremoto que sacudió mi cuerpo, de sed, sed de su amor, de su deseo, esa estúpida sed que le dio a mi cuerpo y a mi ego.
Yo siempre disfruté del viento, me gustaba imaginar que podía irme con él a ver con sus ojos el mundo entero; me gustaba ese hombre, mirar su simplicidad en silencio y soñar que mi terremoto se tragaba su rutina. Me gustaba verlo cuando se contraía de deseo, me gustaba sobre todas las cosas hacer ruido, todo el que fuera posible, rasguñar su espalda, golpear la pared, morder su cuello y la almohada; hasta que fui devorada con todo y dientes por su asquerosa y ordinaria rutina. Si algo odio son las cadenas, los celos implícitos y esa actitud de “todo está bien” cuando es evidente que el cielo se está cayendo.
Cómo fue insoportable la monotonía de sus cadenas, y cómo disfruté ser su presa, masoquista, una maldita sadomasoquista, eso soy. Ególatra, ingenua, una loca, una demente, una impulsiva que se avienta de cabeza y sin cuerdas, ya me lo dijeron esos náufragos de mis maremotos: el drama es el móvil de mi vida, es el foco de mi órbita, soy una borracha, adicta a embriagarme de placeres, de juegos y caprichos, soy una adicta al mal de amores…
Y así, mientras pienso todo esto, me voy vistiendo en lo que el pendejo que me trajo a este hotel se hace una chaqueta en el baño, porque mi cuerpo no respondió a sus manos de autómata ni a sus clichés de seducción, porque mi frialdad no le permitió mantenerse erguido ni para ponerse el preservativo. Y así, dejando su impotencia escondida en el baño, me largo de esta maldita habitación 302, y en el camino voy pensando ¿Qué diablos le pasó a mi alma? Seguro anda por ahí viviendo un poco mientras yo cargo con el peso de este cuerpo medio muerto.
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